Albano Cruz

Filosofo
@naikodemus 

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Cinco preguntas a un filósofo del desolacionismo

  1. ¿Qué es el desolacionismo?

El término en sí lo utilizamos en el proyecto colectivo que hemos denominado Tamagotchi, y se refiere a cómo es el mundo ya/ahora y hacia dónde se orienta. Es el punto de encuentro entre los arrolladores lenguajes formales, el auge de la robótica y la I.A., y el nihilismo que niega que haya otra opción posible y un exterior al mundo tecnológicamente transformado.

Para entenderlo es fundamental lo que venimos llamando rezonificación, que es una idea expuesta por Langdon Winner en una obra pequeña y de fácil lectura de nombre «El reactor y la ballena», y en la que explica los procedimientos de Robert Moses. Nosotros ampliamos el concepto. La rezonificación lo es cuando tú tomas esa transformación dirigida a un propósito muy concreto como algo dado y no hecho. Tomar una autopista como si fuera igual de natural que una montaña.

Desolar es rezonificar las opciones llevando el exterior al punto de ser un páramo intransitable. No hace falta llegar a destruirlo. Tan sólo tiene que quedar en el punto equivalente a la inexistencia.

  1. El Big Data y los algoritmos (la tecnología asociada al procesamiento de ese enorme volumen de información disponible) serían un intento de extraer de entre todas las combinaciones posibles, aquellas que serán ciertas, adivinando el futuro. ¿Qué relación tiene el desolacionismo con todo ello?

En el libro trato el asunto de los algoritmos, sin los cuales el Big Data es como si fuera tan sólo ruido de fondo. El algoritmo es en este momento nuestra rezonificación irresistible.

Si lo examinas con detenimiento, verás que la algoritmización es negar otras posibilidades. Es reducir los sucesos al fruto del algoritmo. Y, por lo tanto, es predecir el futuro con un pleno al 15. ¿Estamos en disposición de hacerlo? En muchas áreas, sí. Y en las que no, nos lo vamos trabajando para que no sea posible otro resultado que el que arroja el algoritmo.

Ahora, la búsqueda en el Big Data no es más que una forma chic de fatalismo, y el fatalismo tiene sus fallas. Sin embargo, si yo elimino los otros posibles sucesos/casos, las fallas desaparecen.

Ese eliminar las otras opciones es desolar.

  1. Si lo anterior llega a ser posible, ¿estamos hablando de que el futuro está escrito, como decían los antiguos?

Sí.

Y si eres perfectamente predecible, ¿eres libre? 

  1. Esta edición de Perspectivas wellcomm quiere indagar en el concepto de postverdad y todas las consecuencias que tiene esa no verdad que no parece ser tampoco mentira. ¿Qué es la postverdad?

Para empezar, habría que distinguir varios conceptos.

Mentira: algo que sencillamente no es cierto y su objetivo es silenciar la verdad;

Propaganda: tiene por objeto ser creída, pero tiene por qué ser necesariamente mentira. Puede ser la presentación de un único aspecto de un asunto, silenciando/ocultando los demás. Su objetivo es la creación de creencias, si es bienintencionada, o la manipulación y dirección, si no lo es.

Postverdad: es una mentira, sea propaganda o no, cuyas partes saben que lo es. Y sin embargo actúan como si fuera verdad.

En cuanto a la verdad, podemos hablar de verdad por correspondencia (si llueve y digo que llueve, digo verdad, y aunque no lo diga, seguirá lloviendo igualmente); por coherencia (característica de los lenguajes formales como la lógica y las matemáticas); la verdad por consenso (son verdades sociales, pero que una mayoría crea una determinada cosa no la convierte en real).

Esta última (consenso) es el tipo de verdad que más empleamos ante la imprecisión del mundo, y la naturalidad con la que lo asumimos nos hace muy vulnerables a que nos den gato por liebre. Muchas verdades por consenso están camufladas como coherencia o correspondencia. Decir que “todo es relativo”, por ejemplo, sirve para apaciguar, pero no lo hace más cierto. El consenso es útil, pero puede estar muy equivocado.

  1. ¿Como afecta ese escenario a la comunicación, política, institucional, corporativa?

Por estar en competencia, y por ser los procesos sociales partícipes en su mayoría de esa verdad por consenso, o ser directamente postverdad, los discursos públicos van orientados a convencer mediante la seducción. Da lo mismo que sea institucional o no. Pero esto no es nuevo. Desde la antigua Grecia, una vez asentado que no existe la verdad, sino las creencias verdaderas justificadas, incluso la argumentación se tiñe de retórica entendida como sofisma. Hay intentos de que no sea así (Habermas, Rawls), pero creo que el espectáculo se lleva la mano.

La comunicación política es una forma u otra de propaganda, y estos rasgos se van acentuando cada vez más. No es que vayan a aparecer. Es que ya están. Se han instalado junto con la Estado moderno, con la masificación, con la industrialización, y se van puliendo cada vez más.

La comunicación institucional o corporativa está más relajada porque hay muchas veces que no está en competencia tan directa con otros. Pero no se libra del “vamos a hacerlo entretenido”.

Y eso es caer muchas veces en la espectacularización de la comunicación.