Antonio Rull

Marketing online y Audiencias en eldiario.es
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“¿Dónde quedan los datos en un mundo dominado por la opinión?”

El periodismo es adicto a los retos. Si no es su reconversión industrial es la analítica completa en tiempo real que acerca las tentaciones para generar más negocio, mermando los objetivos periodísticos y que se cristaliza en el clickbait, por poner un ejemplo entre miles. Las redes sociales permiten que cualquiera sea un medio de difusión de información y opinión, dejando a los medios ante otro reto, ser gestores del ruido que se genera. ¿Dónde quedan los datos en un mundo dominado por la opinión?

Los datos son el eje de este panorama, tanto por su presencia masiva y sus posibilidades como por ignorarlos deliberadamente para no perder una razón infundada. No tienen la contundencia que se les presuponen frente a la acumulación de opiniones amplificadas. También son más complejas de tratar, entender y poner en contexto. Somos seres empáticos y subjetivos, muy subjetivos, lo que en el mundo de la información y la opinión nos hace cavar trincheras. Quien tenga más “soldados” en esas trincheras no ganará la guerra, pero sí muchas batallas, y a nadie le importa la guerra, solo las batallas.

Entrando en una trinchera dejas de lado esa realidad que te contradice, la que no hace referencia tu opinión, y encuentras la confirmación de tus certezas. Todo el mundo en la trinchera quiere llevar la razón. Una ilusión que se convierte en posible gracias a la repetición e insistencia, al eco de otras voces que resuenan con tus palabras. Los mismos datos que ofrecen una realidad objetiva y sin filtros pueden servir para alterarla, con su interpretación azarosa. Modificando el contexto de unos datos los resultados son muy diferentes a los originales, te dan la razón que buscas y se la quita a los de la trinchera de enfrente. Ni hablar de los datos inventados, sin fuente reconocida ni autoría independiente destacada.

El ruido entre trincheras se genera y crece con la amplificación en Internet. Los principales responsables son las redes sociales, que basan su éxito en la recompensa de los usuarios por la amplificación de sus contenidos. En Twitter son los retuits y, en Facebook, los Me Gusta. Cuanto más grande es ese número, más credibilidad o importancia de se le da a esos mensajes y a la persona que está detrás, sin ningún filtro más. También es gasolina para el ego.

La conexión entre información y opinión no solo reside en las redes sociales, sino que una herencia del Internet pre redes sociales sigue reservando un espacio importante en los medios a la opinión de quien quiera comentar una noticia, cualquiera, la que sea, hasta los teletipos. Es el terreno ideal donde captar “soldados” para las trincheras. Otra gestión del ruido. No existe un medio de comunicación en el mundo que haya resuelto el problema de los trolls y los comentarios tan sesgados como falsos -y a veces sin sentido ni relación con el artículo que se comenta-. La manera más habitual de hacerlo es tirando por las de Villadiego: cerrándolos. Otros tienen varias personas moderando manualmente todos los comentarios de su medio. Hay quien ofrece herramientas de moderación comunitaria, entre los propios comentaristas, cuyas triquiñuelas conocen de sobra los comentaristas más activos para amplificar su voz y evitar los baneos.

Todo esto sucede en tiempo real y se asume un acuerdo tácito: hay que alimentar una máquina de contenidos que no deja de tener hambre. Los medios necesitan producir más artículos que nunca para satisfacer a sus lectores y competir con la producción de otros medios. Esta demanda se vuelve contra los propios lectores, que se dejan arrastrar por la necesidad de publicar continuamente. Snapchat se lo inventó y ahora los Stories (fotos o vídeos que se borran en 24 horas y se asocian a tu perfil) ya están en Instagram, Facebook y hasta WhatsApp, algunas de las apps que más usamos cada día. A este ritmo nadie es capaz de ser sosegado y contrastar informaciones o fundamentar opiniones, porque hay una demanda de ofrecer algo nuevo y diferente cada día que impide a la razón dar su voz, quedándonos en lo superficial.

Y a todo esto hemos decidido llamarlo la postverdad.