Elena Biurrun

Alcaldesa de Torrelodones (Vecinos por Torrelodones)
@biurrun74
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Transparencia, para qué.

Tantos años reclamando transparencia a las administraciones, y ahora que la ley nos obliga a ser transparentes, ya no importan los hechos ni los datos. Ya no importa la verdad.

Esa es la conclusión que extraigo de mi experiencia al frente de un ayuntamiento, la institución más cercana a los ciudadanos, la que más fácil resulta de controlar porque la evidencia de su gestión está en el entorno más inmediato. En Torrelodones, y supongo que, en muchos municipios, las noticias falsas son un gran problema. Hay colectivos ciudadanos que generan opinión a través de foros y redes sociales en los que difunden información (¿es eso realmente información?) sin fundamento alguno. Y da igual que publiquemos la documentación completa de los contratos, las pruebas irrefutables de que tal o cual noticia es falsa. Da igual que intentemos contrarrestar con datos, cifras y documentos oficiales las afirmaciones tan falsas como escandalosas de los agitadores.

En esta época en que la transparencia es, por fin, obligada, esa transparencia no sirve porque no queremos que nos den la verdad. Queremos que nos den la razón.

Y la capacidad para frenar ese fenómeno es pequeña porque quienes tenemos el encargo de la ciudanía –no lo olvidemos: las elecciones son las que nos ponen al frente de las instituciones-, nos debemos a la gestión de los servicios municipales. Quienes pagan sus impuestos y depositan en nosotros su confianza, no merecen que dediquemos todo nuestro tiempo a contestar cada invento, cada bulo, cada noticia falsa divulgada sin esfuerzo, porque nada obliga a probar lo que un público entregado desea oír. Merecen que dediquemos nuestro tiempo a trabajar y hacer lo que dijimos que haríamos, y que no es nada más (y nada menos) que dar cumplimiento al programa electoral con el que concurrimos a las elecciones. Merecen que dediquemos nuestro tiempo y esfuerzo a transformar y mejorar la calidad de vida de todos; para eso se nos ha votado y cobramos por ello. No debemos desenfocarnos mucho ni alejarnos de ese objetivo.

Al final, sólo podemos seguir adelante y confiar en que los hechos nos den la razón.

Sabemos que cuatro talibanes de una idea hacen más ruido que 400 vecinos que están ahí como espectadores y que no dicen nada incluso cuando se llega a la amenaza concreta. La pasividad es un gran castigo que tenemos como sociedad. Todos somos profesionales de la queja, pero hacer, analizar y tomar la palabra nos cuesta mucho como vecinos, como miembros de una comunidad. Llegamos a dejar de ejercer un derecho que costó mucho más que la transparencia: el derecho al voto. La abstención muestra que hasta eso se va dejando en manos de otros más ruidosos y más movilizados.

Sin embargo, soy optimista. A pesar de tanto individualismo y de que cada vez hay más gente mirando hacia otro lado, creo que el tiempo nos pone a cada uno en nuestro lugar. Que será imposible no ver los hechos y los resultados y, que los que no quieren verlos, acabarán quedándose solos.

Contra la falacia y la posverdad, desde las administraciones debemos apostar por una comunicación política clara, concisa y breve, en un lenguaje comprensible para que las cosas se entiendan, no para hurtar la verdad al ciudadano yéndonos por las ramas.

Debemos ser receptivos, bidireccionales y transparentes, a pesar de que muchos no querrán saber la verdad y seguirán difundiendo mentiras que no se sostienen. Defender tu gestión no es incompatible con reconocer los fallos y asumir las responsabilidades. Nos toca estar ahí, de forma activa y diaria para una comunicación rápida, inmediata y personalizada con un ciudadano que está a la misma altura que nosotros. Ese es el reto.