Imma Aguilar Nàcher

Consultora de comunicación política y electoral. Socia de MAS Consulting
@immaaguilar
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Retos del periodismo y la comunicación política en la era postverdadera

El periodismo y la comunicación política siempre han sufrido crisis de credibilidad. Las mentiras o las interpretaciones interesadas de la realidad han minado periódicamente la fe en ambos. La parte más crítica de ese binomio siempre ha sido la comunicación política, y los que trabajamos en ella sabemos que trabajamos con percepciones. Que la percepción de la realidad ES la realidad. Trabajamos con ideas concebidas en colectivos, con percepciones, con reputación. Construyes un personaje, un relato, estás jugando con las percepciones, emociones, y el terreno ahí es resbaladizo. Por tanto, asumamos ese marco: que no trabajamos con la verdad.

En periodismo sí se trabaja con la verdad, o al menos es más reclamable porque precisamente el periodismo es el control de calidad de la política, y es importante que funcione como mecanismo de control ciudadano sobre la política, a través de un mediador como son los medios de comunicación.

Ahora vivimos tiempos de ‘postverdad’. ¿Es una mentira? ¿Una invención? ¿El rumor, el ruido? Porque el ruido también es un término interesante hoy a causa de la voz social, esa que genera tanto ruido acerca de cualquier tema, mostrando matices y escalas de la verdad, interpretaciones, vaticinios, proyecciones… incluso recuerdos que no somos capaces de recordar porque las cosas, en política, se olvidan rápido, en apenas unos meses. La postverdad es una construcción, es más que una duda sobre la verdad porque la gente distingue claramente entre la verdad y la mentira que consume porque quiere tener razón. La gente que consume mentiras lo hace para ‘endogamizar’ su creencia, para divertirse incluso (mentir con humor es un género, como muestran medios como El Mundo Today o The Onion), pero la mentira publicada en un medio, en Facebook, en un WhatsApp anónimo… no tiene todo el campo libre: hay patrullas tuiteras o cibernéticas que inmediatamente lo desmontan. Eso hace que, en mi opinión, la verdad esté en peligro, y que la gente que consume mentiras también se vea expuesta a la verdad mediante mecanismos que han aparecido de forma simultánea a los de la postverdad. Se ha instalado la creencia de que la mentira pueda ganar a la verdad y no creo que sea así.

Lo curioso es que la postverdad o la mentira interesada, aceptable, está en el mismo caldo de cultivo que el Big Data, los datos, los hechos. Ambas cosas existen al mismo tiempo. Periodismo de datos y bulos ocupan el mismo espacio, y esto me hace pensar que el público también tiene que aprender a gestionar eso. Cuando vemos una película sobre el fin del mundo no actuamos como si esa ficción fuera realidad. De igual modo, los ciudadanos que se exponen a noticias falsas, sean mentira o sean postverdad, deben aprender a gestionar eso como adultos que se suponen que son.

Las consecuencias de la mentira es lo verdaderamente preocupante. Como organización social que somos lo que me preocupa más es que no esté garantizado el derecho a la información. Aquí encontramos dos derechos fundamentales que entran en conflicto: la libertad de expresión, a cuyo ejercicio la postverdad se acoge; y el derecho a la información veraz, que como digo, hoy por hoy no veo que esté plenamente garantizado.

Respecto a esto, podemos ver cómo el propio periodismo ha generado controles de calidad contra los bulos, las mentiras y las postverdades que circulan por la red. Como si los propios medios y periodistas gozaran de un “sistema inmunológico” que ha detectado la amenaza y actúa contra ella mediante “anticuerpos” como los de Maldito Bulo, el Tragabulos o las noticias de la red que rastrea Verne, de El País. Son controles de calidad que ha generado la propia red y el propio periodismo, controles que desmontan mentiras y las desmienten con datos, hechos. Me parece interesante, como género y como mecanismo que el periodismo se ha procurado para una vida nueva, en red y sin reglas.

Ahora sólo nos faltaría generar un mecanismo de exigencia de responsabilidades, difusas en un ecosistema tan marcado por las redes sociales que diluyen esa posibilidad. En política llevamos años trabajando sobre la transparencia, la participación y la asunción de responsabilidades. Esas tres mismas cosas pueden exigirse perfectamente al periodismo para que, si alguien miente, no le salga gratis. El pecado original es el mismo en periodismo y en política: la mentira. Y los mentirosos deben rendir cuentas.