Rosa del Blanco

Directora del área financiera de Silvia Albert in company
@rdelblanco
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Distopía de los datos: Intocables

N305 siente una pequeña vibración en las sienes, exactamente la presión de los dedos de una masajista tailandesa, tal y como programó la noche anterior, sólo con imaginarlo. Modo on. Comienza un nuevo día en el mundo del futuro. Una realidad donde todos estamos conectados a través de los datos. Donde la mayoría manda. El ser humano se ha fusionado con la máquina. La información fluye por nuestras venas y nos conecta. No somos robots, tampoco humanos, ahora somos números. N305 acaba de despertar.

El cristal de las gafas se aclara y comienzan a levantarse las persianas de forma sincronizada con sus párpados. Se sienta en la cápsula y cuando baja los pies al suelo, las zapatillas ya están allí y se abrochan solas. La temperatura de la habitación, 20 grados. Una voz armoniosa le anuncia que son las 7.00am y el día es soleado. Ahora lee los titulares del día elegidos según sus intereses y aficiones. Comienza a mover las manos en medio de la nada. Al otro lado de la cápsula, N2001 hace lo mismo, aunque su la voz de su despertador, e incluso su temperatura es diferente. Se mandan un un emoticono. No se miran, no se tocan.

Apenas nadie recuerda ya cuándo se extinguió la objetividad y la información veraz. De hecho, igual sólo unos pocos recordamos ese concepto llamado ‘verdad’. En algún momento eso dejó de importarnos y cada uno comenzó a creerse la suya, abrumados por el Internet de las cosas, las impresoras 3D, la realidad virtual, blockchain, las naves espaciales y la unificación de los lenguajes de la tierra en el código madre. Sólo algunos desviados sabemos que hubo un tiempo en que la verdad se distinguía de lo falso; incluso había profesionales que trabajan intentando descubrirla y publicarla.

Luego, los millenials, las redes sociales… comenzamos a mezclarlo todo: las noticias con los bulos, los cotilleos con las grandes verdades. Y el consumidor ya no sabía distinguir. El periodismo de marca acabó con el periodismo a secas. Los medios de papel comenzaron a prostituirse vendiendo sus páginas al mejor postor sin avisar. Y nosotros nos lo creíamos todo. Mientras tanto, con cada movimiento, perdíamos un poco más de libertad, dando cada vez un poco más de información sobre nosotros al sistema. Lo peor es que daba igual, el mundo seguía girando con todos conectados. Y los que no estaban de acuerdo, se quedaban fuera de la ecuación.

Ahí siguen, cada uno en su mundo, sin mirarse, sin tocarse. Moviendo sus manos a cada lado de la cápsula. Mueven los datos. Envían mensajes. Las cosas son tan inteligentes que se hacen solas a su alrededor. Ahora todos cumplimos nuestros sueños sin salir de casa. Pasamos del primero, segundo y tercer lugar, al cuarto. Sí, se inventaron los coches inteligentes. Y luego el teletransporte, pero duró poco porque ya no hacía falta moverse; vivimos conectados desde casa. Mueven las manos. Las manos de N2001 son delicadas, pero N305 no lo nota. Yo sí. Los dedos bailan de un número a otro, sus manos preciosas moviéndose en el aire. Si pudieran tocarme…

Los titulares comenzaron a hacerse virales. No importaba ya el rigor, contrastar las fuentes. Sólo aumentar el número de clicks. Los formatos periodísticos se fusionaron y la calidad de los contenidos se ajustó al nivel de la audiencia. La telebasura ahora llega a nuestros ojos y no hace falta ni encender ni el on. Se eliminaron las carreras de humanidades. En realidad, ya no sabemos ni leer, ni escribir. Quién lo necesita sabiendo programar. Ni siquiera necesitamos hablar. Las máquinas ahora interpretan los datos de nuestra mente. Y digo datos porque con el fin de las humanidades el pensamiento tal como lo conocíamos se extinguió. Nadie se cuestiona nada. Todo se programa.

Cuando las máquinas aprendieron a programar solas también desaparecieron las carreras de ciencias. Y las artes. El cine cambió radicalmente. ¿Quién necesita actores cuando nosotros mismos podemos protagonizar las películas que deseemos? La profesión más cotizada durante un tiempo fue la de guionista de realidad virtual. Los escritores comenzaron a prostituirse creando otras realidades en las que perdernos. Luego las máquinas lo hacían todo solas y los escritores acabaron en el sofá. Nuestras vacaciones ahora consisten en ponernos unas gafas y no movernos de ahí. Ahora nadie hace nada. Pero no hay pobreza, ni guerras, ni hambre. Todo funciona ordenadamente. Y de forma aséptica: aprendimos incluso a programar para reproducirnos sin estrías ni dolor. Nos imprimimos.

Con esta fusión de verdad y mentira, la realidad también cambió. Sin quinto poder, los gobernantes comenzaron a controlarlo todo. Todos fuimos sustituidos por máquinas y los periodistas no fueron una excepción. Los expertos en comunicación fueron automatizados y sustituidos por expertos en datos y estadística.

Los políticos de un lado y del otro aprendieron a mover los datos, y sabían cada vez más cómo seducir personalmente a cada uno de sus votantes. Los mensajes se segmentaron para llegar al receptor adecuado, de forma que todo el mundo estaba entretenido.

Los comercios a pie de calle también desaparecieron y más tarde los centros comerciales. Llegó incluso el fin de Amazon.

Así que vivimos en un mundo sin palabras. Un mundo sin nada que decir. De hecho, el ser no humano dejó de producirse con cuerdas vocales. Algunos como Walt Disney o yo despertamos de nuestra congelación y nos encontramos con todo esto. Un mundo subversivo, fuera de la dictadura del dato. Algunos nos preguntamos en qué momento nos convertimos en algoritmos andantes al servicio de la mayoría.

Mientras te cuento todo esto N305 toma un café que se ha servido solo en la taza. Camina por la casa con esa burbuja en la cabeza.

Yo soy un hacker enamorado, por cierto, disculpa si no me he presentado antes. Lo veo todo a través de tus cosas. Ahora mismo veo su cara en la cafetera. Y la miro a ella. Nadie cuida su imagen ahora que podemos proyectar hologramas según nuestros deseos. Pero a ella no le hace falta cosmética, es perfecta. La imagen que veo es la de un tío con una pecera ultrasónica en la cabeza sonriendo como un idiota y moviendo las manos al vacío. Con una diosa al lado a la que no mira, a la que no toca.

Siguen transmitiendo mensajes a otros números, enviando sonrisas, señales. N305 le envía a N2001 una breve vibración en los labios y le desea un buen día. Luego cada uno se va virtualmente a su oficina. A N2001 le espera una sorpresa. He conseguido romper la configuración y mi boca está a punto de traspasar el plasma. Aquí está a punto de suceder algo que los datos jamás podrán sustituir. Una revolución.