Teresa Amor

Consultora Senior en Silvia Albert in company
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“Y aprendieron. Cuento utópico”

Altaír salió a la terraza a disfrutar de la noche, ahora que la máquina de acostar niños, como llamaba al robot niñera, había logrado que se durmieran y la casa recuperaba el silencio y la paz. Abrió el libro que llevaba a medias, sobre la historia del siglo XX. Era un ensayo sobre cómo aquellos seres humanos, tan parecidos a ella misma pero tan distintos, habían quedado reducidos a lo que eran capaces de producir, y le asombraba que alguna vez el mundo hubiera estado embrutecido hasta ese punto. Como dijo el visionario Saint-Exupéry, aquella cultura obsesionada por procurarse sustento era mero enjambre u hormiguero. La persona reducida a una función, a lo que pudiera sacarse de ella en términos crematísticos.

Desde que leía sobre ese pasado industrial, brutal y sometido, en que la especie humana había dejado de hacer lo que le era propio, pensar, valoraba más la suerte de haber nacido casi 800 años después de esos tiempos horribles de pico y pala. La economía había desaparecido siglos atrás. Ya no era necesaria.

La inteligencia robótica había permitido a la humanidad llegar a aquella confortable vida de los patricios romanos o de las familias ciudadanas de la antigua Grecia que, merced al trabajo esclavo de sus semejantes podían dedicarse a las matemáticas, a la filosofía, a la poesía, a la política o al amor. Sólo que, sin esclavizar a sus semejantes, o no al menos a los de carne y hueso.

Porque había muchas semejanzas entre los seres humanos y lo que la robótica moderna había llegado a procurarles para su solaz. Ella misma, nacida por ectogénesis en un útero artificial, había tenido a sus hijos de la misma manera, sin sufrir los dolores y trastornos del embarazo y el parto, torturas que habían quedado en los libros de historia como símbolo impresionante del atraso tecnológico que casi acaba con la vida en el planeta.

La última generación de nannys IA (acrónimo inventado a finales del siglo XX y que daba al robot cierto aire retro que le encantaba) disponía de un logradísimo sistema de aprendizaje de sentimientos basado en las imágenes poéticas más potentes de los escritores de todos los tiempos. Se servía de la fuerza del lenguaje, del nuevo sentido que la poesía daba a las palabras, para hacer “comprender” al algoritmo, cómo sentir y transmitir eso tan humano: emociones.

Sólo se recomendaba no ponerle nombre a estas máquinas que habían liberado al ser humano del trabajo, de la necesidad de producir para vivir. De hecho, el diseño de los robots huía del antropomorfismo para evitar que una empatía mal entendida hiciera olvidar que eran máquinas. Autodiseñadas, autofabricadas, autoprogramadas, autodiagnosticadas, pero máquinas al fin.

En los últimos meses, la nanny IA, que durante mucho tiempo cada noche dedicó sus ratos de descanso a la lectura, había empezado a preferir las películas para pasar las horas de recarga y actualización de software. Había descubierto los clásicos de la época dorada de Hollywood y, cada noche, se escuchaba leve, levísimamente, el sonido de aquellas antiguas historias mientras la nanny las visionaba. Hitchcock, Frank Capra, Billy Wilder, George Cukor, Stanley Kubrick… A la nanny le encantaba Kubrick.

Se había hecho tarde ya y la brisa era algo más fría que fresca, por lo que Altaír miró al cielo limpio y sin luna, y disfrutó por un instante de su belleza antes de irse a dormir. Pasó de puntillas por la puerta de la habitación de los niños. En el silencio de la noche le pareció escuchar, muy bajito, el grito firme y repetido procedente de la película que veía la nanny en su rincón del cuarto:
“Yo soy Espartaco”.
“Yo soy Espartaco”.